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Violencia sexual y consecuencias para la salud

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La violencia sexual es una de las manifestaciones de la violencia de género que más consecuencias tiene para la salud

violencia sexualViolencia Sexual


Según la definición de la ONU, violencia de género es «cualquier acto que origina daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a las mujeres”. Incluye la violencia sexual, referida como “cualquier acto sexual o la tentativa de consumar dicho acto u otro dirigido contra la sexualidad mediante coacción, independientemente de su relación con la víctima, en cualquier ámbito”. Estas conductas violentas incluyen las relaciones sexuales sin consentimiento o forzadas. En 1996 la OMS la incluyó como prioridad de salud pública. Datos de este mismo organismo apuntan que, de media, el 30% de las mujeres que han tenido una relación de pareja han sufrido alguna violencia física o sexual.

La violencia sexual es un abuso basado en el género, según se establece en la Declaración para la Erradicación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer. Es habitualmente ejecutada por un hombre cercano ésta: su pareja, algún familiar, un superior, etc. Aunque también puede ser llevada a cabo por un desconocido, como es el caso del acoso sexual callejero y las violaciones cometidas por los soldados de guerra. Partiendo de un sistema social desigual, se aprovecha la situación de poder en la que están colocados los hombres. Por este motivo el factor de riesgo es ser mujer y se incluye como una de las manifestaciones más frecuentes dentro de la violencia de género. Muchas veces las mujeres sienten vergüenza y no comparten estos delitos porque la sociedad las culpabiliza y normaliza lo ocurrido.

La violencia sexual tiene consecuencias en la salud de las mujeres. En el extremo está el asesinato. También puede producirse la muerte por homicidio o suicidio. Pero antes de llegar a eso suele haber todo un “iceberg” oculto de penalidades. En el ámbito físico pueden producirse lesiones diversas: contusiones, heridas, quemaduras y otras huellas que llegan a ocasionar la discapacidad. Otras veces los síntomas se somatizan en cefaleas, dolores de espalda, problemas gastrointestinales, trastornos en la alimentación, fibromialgia, cansancio y se percibe una peor salud en general. Todo esto suele conllevar un aumento de las sustancias adictivas como el alcohol, el tabaco y los fármacos.

Psicológicamente la mujer ve mermada su autoestima. Suele presentar depresión, ansiedad, trastorno del sueño, abuso de psicofármacos y, en los casos más graves,  ideación e intento de suicidio. El síndrome completo, trastorno de estrés postraumático, es propio de las personas que viven una guerra. En el caso de los abusos sexuales, los mensajes de la sociedad (que suele culpabilizar a la víctima preocupándose más de si su imagen era provocativa, de si al principio consintió o no o del número insignificante de denuncias falsas), empeoran el problema. Si además son pareja, es muy difícil demostrar una violación. Debemos difundir el mensaje de que no es no, independientemente de si al principio se consintió, de si se tiene una relación matrimonial o de la edad o sexo de los miembros.

Socialmente, la mujer que ha sufrido abusos puede decidir no contarlo al resto de su entorno. En el caso de malos tratos por parte de su pareja, suele ser aislada para que nadie pueda detectar su situación. El maltratador/abusador suele ser una persona posesiva y celosa, no quiere que se rodee de otras personas. Además de que así será más difícil comunicar la situación y podrá controlarla a su antojo. Si la mujer consigue conservar sus redes sociales alguien podría advertir algún cambio en su imagen (que puede deteriorarse) o cualquier señal en su comportamiento. En muchos casos el agresor puede obligarle a abandonar su trabajo o llegará a perderlo por actitudes erráticas (absentismo laboral, consumo de sustancias adictivas, aumentar su rol de cuidadora por no asumir la pareja las tareas domésticas, etc.).

En cuanto a la salud sexual y reproductiva, se incrementan las prácticas de riesgo. La Organización Mundial de la Salud en un informe de 2014 afirmó que los embarazos no deseados, las enfermedades de transmisión sexual y los abortos espontáneos eran mucho más habituales en las mujeres que sufrían situaciones de violencia de género. De hecho, en el caso de los embarazos no deseados, calculó que en algunos países de América Latina llegaban a ser de 2 a 3 veces mayores cuando había violencia. También los abortos espontáneos eran 2 veces superiores en estos casos, mientras que el riesgo de parto prematuro era 1, 6 veces superior. La violencia durante el embarazo, además de aumentar la probabilidad de abortos involuntarios, muerte fetal y parto prematuro, también puede producir otros riesgos en el futuro bebe. En lo relativo a las infecciones de transmisión sexual, un análisis de 2013 advirtió que las mujeres víctimas de abusos sexuales tienen una probabilidad 1,5 veces mayor de padecerlas, inclusive el VIH/SIDA. En este caso se recomendó a los servicios de salud evaluar la necesidad de control y asesoramiento sobre uso de métodos anticonceptivos.

Las mujeres que han sido forzadas a mantener relaciones sexuales pueden sufrir también dispareunia o pérdida del deseo sexual. Las/os profesionales de la salud en general y de la ginecología en particular deben tener formación en violencia de género para saber detectar cualquier señal de este tipo de agresiones. Así, reiteradas consultas sobre ITS, hemorragia irregular, lesiones vaginales, abortos involuntarios pueden ser una alerta. Recordemos la vergüenza que sienten las víctimas a la hora de verbalizarlo.

El próximo 25 de Noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Condenemos también la violencia sexual, parte intrínseca de la violencia de género.

 
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